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Sin
Piedras
diary 010
29.05.2004
Esta mañana hemos vuelto a la parte antigua de la ciudad. Después de recorrer el mercado de frutas y verduras, las paradas de ropa, los puestos de pan y café y las miradas curiosas de sus habitantes nos hemos adentrado en la tierra del Nunca Jamás. He vuelto a tener la sensación de entrar en una foto fija, en una extraña sensación de dejavú al caminar por las calles vacías y las casas semidestruidas de H2, el control militar, las miradas furtivas desde lo alto, y la idea de un tiempo aplastado por unas alambradas que ya no dejan pasar al sol.
Por la tarde, y con el estómago vacío después de comer Marc y yo nos fuimos de excursión a una de las zonas más movidas de H2, una azotea de una familia palestina desde dónde se puede ver Kirbiat Arba, y a sus pacíficos habitantes, que al ser sábado van a rezar a la Mezquita de Abraham. Lo que significa es que al ser Sabath los palestinos no pueden cruzar esa calle, atravesada en todo momento por patrullas militares que “límpian” el camino de los colonos de palestinos, permitiendo así a los colonos pasearse con la mirada altiva por todo el barrio, eso sí, acompañados de las Ucis y de la Torah. Pudimos trabajar desde la azotea, no sin antes comprobar como los propietarios no estaban dispuestos a ponerse a vista de las torres de control del ejército, y nos miraban desde lejos, sorprendidos y un poco curiosos al ver a dos locos con una cámara apuntando a Kirbiat Arba. Al bajar, y con una taza de té, el padre nos contó cómo hacia una media hora antes de nuestra llegada habían pasado un grupo de unos 300 colonos rompiendo los cristales y golpeando las puertas de las casas que rodean la carretera, supongo que para avisar que llegaban, y que el ejército les ordenaba que entraran en sus casas, que no salieran, porqué podría ser peligroso para su seguridad. Aún con los nervios cogiéndole el estómago ha llamado a su hijo pequeño, Admet. Con una entereza fuera de lo común el niño nos ha explicado que le pasó una tarde de sábado cuando volvía a casa. Nos explicó que había ido a jugar a casa de su primo, que vive tres calles detrás de la suya, y que cuando volvía a casa se encontró con un grupo de colonos que volvían de rezar de la Mezquita. Al verlos empezó a caminar más deprisa, porqué sabe que nos és bueno molestar a los colonos, de pronto oyó cómo le gritaban y le insultaban, él seguía caminando, hasta que una piedra le golpeo, al girarse vió como los hombres corrían hacia él. Se puso a correr, pero le cogieron ensegida. Hoy Admet tiene siete años, y no tiene dientes en el labio superior. Y en su cabeza hay una cicatriz de seis centímetros que le recordará que los sábados no tiene que molestar a los que vuelven de rezar.
Al preguntar al resto de la familia cuáles són sus esperanzas y su idea de futuro una risa macabra y un silencio atronador llenaron sus respuestas. Ninguno de los cinco adolescentes a los que pregunté tenían ninguna esperanza en el futuro, y su respuesta fue preguntarme si sabía dónde estaba, si era consciente de dónde estaba su casa, y al mirar a mi alrededor, y volver a ver la montaña vallada y los jeeps pasar comprendí que aquí el futuro pasaba de largo, o que en el mejor de los casos estaba bajo una excavadora con estrellas. Mientras los más pequeños cocían maíz y derretían un helado en sus manos, como si esta realidad no fuera con ellos, o tal vez, va demasiado, y por eso, ahora que tienen la oportunidad, la ignoran.
Más tarde, después de mal digerir todas estas sensaciones fuimos a casa de un palestino que tiene familia en España, que nos invitó a cenar. Thalal nos enseñó orgulloso dónde está construyendo su nueva casa, una casa preciosa, aún sin acabar pero con luz y tranquilidad. Al llegar a su casa nos dimos cuenta que él también está demasiado cerca de Kirbiat Arba, a no más de 300m podíamos intuir la valla electrificada y la atalaya de los soldados, aunque la hemos visto muchas veces, por la noche tiene un aspecto, si cabe aún más aterrador, luces, sonidos de perros, jeeps a lo lejos, alambre de espino, y el miedo en su interior. Al llegar a casa Thalal nos presentó a su razón para levantarse y olvidar. María de cinco meses y ojos inmensos nos recibió en el comedor. Cenamos demasiado, en una mesa que nos pareció el paraíso después de casi dos meses pollo, buey, ensalada, arroz, pescado y la más que agradable compañía de su familia. Tratamos de hablar de todo, pero parecía como si la situación fuera celosa y no dejara que nos fuéramos por otros caminos, finalmente, ganó. Thalal y su esposa nos explicaban los problemas que tenían cada día, el miedo que tenía el padre de no saber cuando podrá regresar del trabajo, trabaja en Belén, y muchas veces no puede volver porqué la ciudad está cerrada y pasa cuatro o cinco días encerrado en la oficina esperando. Sus miedos respecto al futuro de sus hijos, de las visitas de los soldados a media noche. Aunque también nos escapamos cuando Thalal nos hablaba de sus recuerdos de Barcelona, de los días que pasó en el piso de la calle Tallers, de la Rambla, Montujïc, y de los amigos que hizo y dejó, pero sobretodo le brillaban los ojos al hablar de María, y en el paraiso que encuentra cuando la pequeña duerme en sus brazos. Cuando ella duerme todo lo olvido, los soldados, los colonos, los problemas, y sólo entonces sé que merece la pena levantarse y seguir. Thalal Suarez. 34 años. Hebrón.
Quim. |
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