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Sin Piedras diary 014
05.06.2004
Esta mañana he amanecido en un hostal justo delante de la puerta de Damasco de Jerusalén. Para ir a buscar algo que desayunar me he perdido por el barrio árabe de la ciudad antigua. Por todas partes crecían puestos que vendían de todo, frutas, herramientas, zapatos, ropa, café…y todo bajo la atenta mirada de unos cuantos soldados que parecían estatuas de sal mientras la vida pasaba ante sus ojos cerrados. Las mujeres mayores vendían hojas de parra para hacer el arroz, menta y otras hierbas para poner al té, pan aún caliente, frutas del huerto, pollos y conejos vivos. Sentadas en el suelo buscaban con la mirada unos compradores que a esas horas de la mañana parecían reacios a bajar la vista. Los niños arrastraban pesados carros por unas callejuelas estrechas de piedra e historia mientras por el aire ya corría el falafel.
Más tarde, sobre las diez hemos cogido un autobús con la gente del hostal para asistir a una manifestación contra el check-point de Kalandia. Este está a la salida de la ciudad y resulta un punto de paso obligado para todos los palestinos de Ramala que quieren desplazarse a Jerusalén, o a los pueblos vecinos. La marcha, convocada a las 11 empezó sobre las 12, no tenia un recorrido muy largo, unos 1500m que iban desde el centro del pueblo hasta el control. Sinceramente creo que vi a más cámaras pegados a forasteros que a locales protestando, me sentí muy triste al darme cuenta que para muchos de nosotros esto no deja de ser un magnífico decorado para obtener una buena fotografía, o una buena historia que contar al volver a casa, mientras que para ellos es una realidad diaria, constante e inacabable. Había multitud de cámaras de video, infinitas de fotografía y gente saltando y corriendo para llevarse la mejor parte de la pieza. Mientras andaba bajo el sol de Kalandia no pude dejar de oír a los buitres planeando en el suelo. Al acabar la marcha, y ante un nutrido grupo de soldados que protegían una valla, rodeados por un muro de cuatro metros de altura que se perdía en el infinito, un pequeño grupo de adolescentes lanzó unas cuantas piedras a los soldados. No os podeis imaginar como corrían las cámaras. En ese momento me pregunté, no sé si con cierta malicia si tiraban piedras porqué estabamos ahí con las cámaras o porqué realmente creían que serviría de algo. Tal vez David venció a Goliat, pero entonces Goliat no llevaba una M 16. La propia gente palestina paró casi inmediatamente a los niños exaltados, les pedían, o mejor, les ordenaban que nada de lanzar piedras, y en pocos minutos, se acabó el espectáculo y las cámaras se escondieron.
Por la tarde hemos ido a Ramala, centro administrativo de Palestina. Al recorrer sus calles vi una ciudad abierta, viva, con la gente en la calle, ruido y colores, mientras la nueva colección de Benetton nos miraba desde lo alto en infinitos carteles. Paseamos un buen rato por sus calles llenas de gente joven hasta llegar a la sede de la Autoridad Palestina. La Mukata, resulta una ironía llamar a este descampado ruinoso como sede de alguna cosa. Unos guardias uniformados y con cara de niños nos dejaron pasar a ver, como si fuera un monumento turístico los restos de su Autoridad, una serie de edificios en ruinas, destruidos por la violencia y la fuerza nos dieron la bienvenida, al fondo un único edificio quedaba en pie, y una bandera presidía desde lo alto una sede que ya no existe. Desgraciadamente no podía encontrar un mejor ejemplo para explicar que tipo de autoridad les queda al pueblo palestino. Un edificio en ruinas custodiado por unos niños que aunque se vistan de amenazantes garantes de la sede del gobierno, siguen siendo niños que juegan a ser mayores.
Al volver a Jerusalén he vuelto a pasar por el control de Kalandia. Mi pasaporte me permite atravesarlo sin colas y con una cínica sonrisa de los uniformados. Sin embargo, como aún tenía tiempo me he situado en la fila con los palestinos. Bajo un sol de justicia, palabra extraña en estas tierras, he formado en una de las cuatro filas que nos distribuyen para pasar bajo el detector de metales y el control de identificación. Para recorrer los escasos 10m he tenido que esperar 57 min, y eso que hoy no había casi nadie al ser sábado. Imaginar esto cada día para ir a trabajar. En la cola me encontré con un palestino que había vivido en Jordania cinco años, trabajando en el Consulado británico y que ahora estaba buscando un trabajo nuevo porqué quería casarse. Me contó que esto pasaba cada día, y que ya se habían acostumbrado, lo dijo con una frialdad que me dejó helado. Al despedirnos le pregunté si quería compartir el taxi con nosotros, que volvíamos a Jerusalén, “yo soy palestino y no puedo ir a Jerusalén, otro día, tal vez” .Os imagináis esto en un hombre que vive en Liverpool y no puede ir a Londres, o alguien de Sabadell que no pueda llegar a Barcelona?? Pues Adman no tiene que imaginar demasiado.
Quim. |
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