Sin Piedras diary, introduction
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Sin Piedras diary 016

09-10.06.2004

 

La Iglesia de la natividad de Betlhem.

© Sin Piedras

Estos días, inciertos y aburridos, el equipo de Sin Piedras y sin cámara, nos hemos tomado unos días libres para ir descubriendo otros lugares de Palestina. La mañana del miércoles la hemos dedicado a ir de visita a la ciudad de Betlhem. Resulta, si no más que curioso, que para llegar a una ciudad que dista no más de 18km de Hebrón tengamos que coger tres transportes distintos, cruzar dos controles militares y andar por caminos que alguien ha decidido que estén cerrados. Con lo fácil que es la línea recta.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención es que aquí las distancias son algo extremadamente relativo, y que la gente ya se lo toma como algo casi normal. Al llegar a Betlhem me ha sorprendido la insultante normalidad de sus gentes, la vida que se escapaba por el mercado y el olor a fruta de la avenida que lleva a la Iglesia de la Natividad. Sinceramente, parecía que habíamos entrado en un país distinto al compararlo con Hebrón. Después de recorrer la calle principal llegamos a la entrada de la Iglesia. Es extraño comprobar en primera persona como conviven las distintas religiones, musulmana y cristiana, sin problemas aparentes. Justo delante de la iglesia sobrevive una mezquita sin minarete y los fieles se repartían sin más problemas que girar a la izquierda, o continuar recto. A la entrada de la Iglesia nos esperaban los vendedores de recuerdos, los guías turísticos y dos policías palestinos que parecían mucho más interesados en su partida de Backgamon que en nuestra presencia. El edificio es tremendamente austero, sin ningún tipo de ornamentación, de paredes desnudas y piedra vieja. El silencio lo llenaba todo, si exceptuamos a los turistas que adoraban a unas columnas con una inusitada devoción. Mientras un viejo sacerdote dormitaba bajo una cruz de madera inhabitada.

Al regresar nos perdimos por las callejuelas de la ciudad, hasta que encontramos el camino de la estrella, que nos devolvió al mercado y a la Iglesia. Dicen que todos los caminos llevan a Roma. Al regresar a casa, el mismo ritual, autobús, taxi, carretera cortada, camino de tierra y autobús. 18km, 2h35min.

 
 

El campo de refugiados de Al-Jud.

© Sin Piedras

El jueves fuimos a visitar el campo de refugiados a Al jud, situado a unos 13km de Hebrón. El campo ya ha tomado forma de pueblo, las casas crecen sin ningún tipo de orden aparente, sus habitantes sentados a las puertas de sus casas nos miraban con cierta sorpresa, aunque para decir la verdad, no sin demasiada expectación. Creo que ya casi nada les puede sorprender. En el campo no existe la Autoridad Palestina, y todos los servicios dependen directamente de la ONU, las paredes están decoradas con las fotos de los mártires y proclamas a la resistencia, mientras los niños juegan con unas bicicletas que antes fueron de sus hermanos y suenan con escapar de su ciudad. Nunca una cárcel tuvo tantas guarderías. Saleh está profundamente deprimido por no poder continuar sus estudios, por no poder encontrar trabajo, por no poder salir de su rutina diaria. Fuma constantemente, cierra las ventanas y apaga la luz. Trata de sonreír, pero sus ojos esconden un vacío y una pena que convierten su risa en una mueca grotesca. Tomamos el té y un poco de su tristeza y al regresar a casa sentimos un peso en la mochila que antes de llegar no llevábamos. Eran las esperanzas y los sueños de Saleh. Nos fuimos con ellas, porqué él no las podrá sacar de un campo de refugiados que se ha convertido, muy a su pesar, en su hogar. Mientras, los soldados nos miraban desde su torre de acero.

Quim
 
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