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Sin Piedras diary 018
14.06.2004
Resulta de lo más agradable poder volver a andar por estas calles con la cámara en la espalda, el sueño en los ojos y las ganas de empezar a rodar de nuevo. Es una costumbre que aunque a lo largo de la semana pasada dejamos de lado, nos ha vuelto a enganchar. Al recorrer de nuevo el camino que lleva a casa sentí una extraña sensación de melancolía por anticipado porqué dentro de muy poco echaremos mucho de menos a esta familia, a los niños del jardín, al padre sentado bajo su árbol y al olor de té que su madre prepara en la cocina, incluso a los soldados. Bueno, a los soldados no. Y con estas premoniciones empezamos la última semana de rodaje de Sin Piedras.
Esta mañana Yazan llevaba el sueño aún en los ojos, y su sonrisa era un poco menos viva de lo normal. Al preguntarle si le había pasado algo calló mientras sus ojos hablaban y se perdían hacia donde está la torre de control. Pocas veces un silencio resuena tan fuerte. Empezamos grabando la segunda parte de su entrevista, y aunque no estaba muy comunicativo nos contó cosas de la escuela, de sus animales y de cómo echaba de menos poder jugar con sus amigos como hacía antes. Hubo un momento que le pregunté por su cicatriz. Aquella que lleva en la frente gracias a unos colonos y en sus tristes ojos pudimos ver un dolor que jamás desaparecerá. Después Yazan nos quiso leer su capítulo favorito del Pequeño Príncipe, aquel donde el principito le pide al aviador que le construya una caja para su oveja. Yazan nos contó que le gustaba porqué le recordaba a su gallo Mágic, aquel que tiene que encerrar para que los colonos no lo envenenen. Es una lástima que yo tampoco sepa dibujar.
Luego le llegó el turno a Kayed. Esta vez quería que me hablase de sus recuerdos, de cómo era el barrio antes de la llegada de sus vecinos, de cómo era su trabajo y su vida cuando Yazan era pequeño, y sobretodo quería que me hablase del Yazan que ya no está, de aquel que cuando tenía cinco años y subió por primera vez a un caballo, del día que aprobó en la escuela primaria, de cuando se comió el pastel que le habían preparado antes que los invitados llegasen. Mientras volvía atrás sus ojos volvían a brillar y sonreía al recordar tiempos que hoy parecen en su mirada mucho más alejados que los seis años que han pasado. Como si fuera consciente que estos buenos momentos, nunca volverán. Mientras decía esto una excavadora preparaba el terreno que rodea a la torre de los soldados para instalar nuevas partes del muro que nacerá para seguir matando.
Al salir, y aún con el ánimo en el suelo el equipo tuvo que continuar el trabajo en el campo de refugiados de Al jur, donde bajo un sol de justicia y apoyado en una valla de acero de cuatro metros de alto nos esperaba Saleh. Nos acompañó por las semi asfaltadas calles del campo, mientras los hombres nos miraban sorprendidos sentados en las puertas de las casas las mujeres se escondían en unas casas que antes fueron tiendas de campaña y los niños corrían a nuestro alrededor excitados ante nuestra presencia. Muchos de ellos iban descalzos, con ropas sucias y miradas claras. Algunos nos pedían que les hiciéramos una foto, mientras que otros pocos, unas monedas. Al llegar a casa, un ritual ya conocido, pero no por ello menos escalofriante. La depresión y la tristeza llenaban una habitación oscura de un chico al que le han parado el reloj. Se siente encerrado, frustrado y cansado de todo con 24 años. Sus ganas de vivir y de luchar las dejó en Txecoslovaquia, y ahora sólo espera la oportunidad para escapar de una cárcel que ya se ha convertido en su hogar. Mientras una niña con coletas y un vestido de flores se columpiaba en el jardín, y los coches destartalados levantaban el polvo por una carretera sin asfaltar. De fondo alguien llamaba a la oración desde la mezquita. Extraño lugar para tener fe, o para perderla.
Quim |
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