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Sin Piedras diary 022
18.06.2004
Despertar en el desierto. Un cielo inmenso, teñido de un tímido naranja que llenaba los ojos aún con restos de un sueño que se escapó durante toda la noche. Los animales saludando al día que nacía y un silencio tranquilo y sencillo para darnos la bienvenida. Son las 5 :15h y amanece en la nada.
Al despertarme, y después de unos instantes pegados al saco, me levanto para molestar a los perros y andar hacia una inmensidad que me rodea. El sol se muestra vergonzoso, casi perezoso para empezar a brillar, momentos que aprovechamos para plantar la cámara y disfrutar de la magia que a veces uno tiene la suerte de disfrutar. Curiosamente todos hemos ido saliendo para ver el espectáculo, en silencio, como si no quisiéramos molestar, para sentirnos más cercanos a algo que sabemos que no vamos a olvidar. No os podéis imaginar cuantas fotos hemos gastado, ni la sonrisa que llevábamos pegada en los labios después de compartir con el silencio este nuevo amanecer.
Después de un rato, y de una taza de té, hemos empezado a trabajar. Hoy teníamos que grabar a Yaser, un chico beduino de 16 años que formará parte del trabajo que estamos realizando para IPYL. Yaser, mirada viva, manos gastadas y sonrisa perpetua nos ha explicado como es su vida en el desierto, como se gana la vida trabajando de pastor, sus sueños de poder volver a su tierra de origen, el desierto del Negev, su sorpresa al ver que en la ciudad las casas tienen sólo una puerta, y que la gente tiene demasiada prisa. El único momento en que perdió la sonrisa fue al recordar la muerte de uno de sus amigos por culpa de una mina abandonada por el ejército israelí en la frontera con Jordania hace un año. Un silencio y una mirada perdida fueron al horizonte a reencontrarse con su amigo.
Más tarde acompañamos a Yaser a la tienda de su familia. Andar por el desierto, acompañados de tan magnífico guía, bajo un sol que ejercía la dictadura del calor, cargados con todos los equipos de rodaje es una experiencia inolvidable. Y agotadora. Yaser paraba cada poco, y al mirar nuestras caras no decía nada, pero estoy convencido que por dentro reía al ver a cuatro hombretones de ciudad sudar hasta por los dientes por un camino que el hacia todos los días. Ahora estábamos en su pecera, y lo único que no teníamos era agua. Llegamos a su casa después de 1h de camino, y nada más llegar supimos que éramos bienvenidos. Dos mujeres nos recibieron en la tienda, y nos hicieron sentar, o mejor dicho, estirarnos en los colchones para descansar y recobrar un aliento que habíamos dejado atrás. Las mujeres reían y nos miraban sorprendidas, eran la madre y la abuela de Yaser. Más tarde llegaron sus hermanas, que inmediatamente se dispusieron a preparar el té. Eran las 11:30 de la mañana.
Poco después de hablar sin entendernos llegó la hora de la comida, yogurt fresco, huevos que las gallinas nos habían regalado unas horas antes, pan recíen hecho y ensalada de tomates y pepinos. Todo ello regado con la amabilidad y la hospitalidad de una familia que sin tener casi nada, nos lo ofrecía todo. A las tres Yaser tenía que sacar al rebaño a pasear, y nosotros formábamos parte de el. Andamos y andamos, vimos camellos, bebimos agua helada de pozos milenarios, subimos a montañas para descubrir, una vez más, lo pequeños que somos, nos sentamos a la sombra del único árbol que se resistía a desaparecer, seguimos a unas ovejas por unos valles que antes eran verdes, andamos y andamos, tiramos piedras a las piedras y volvimos a casa. Eran las siete y estábamos exhaustos, molidos y sedientos, pero llenos y felices por estar en este lugar del mundo. Cenamos y hablamos sin entender una sola palabra, aunque dándonos cuenta que, a veces las palabras, sobran. Para dormir nos acompañaron a otra tienda vecina, y pasamos la noche rodeados de dulces palabras y preciosas estrellas. La dureza de su vida es sólo comparable a su amabilidad y a su hospitalidad. Tenemos tanto que aprender de aquellos que, aparentemente no tienen nada. “las cosas más importantes de la vida son invisibles a los ojos”, nosotros lo descubrimos bajo las estrellas, y nuestro Principito se llama Salem, y tiene 100 años.
Quim
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